sábado, 19 de mayo de 2012

Clave7 investiga: "Terrores Nocturnos"

Es la noche el escenario por el que los fantasmas de la mente vagan a su antojo. Salvo el oído, por una pura cuestión de supervivencia evolutiva, el resto de los sentidos duermen. Al menos, los sentidos circunscritos a nuestra fisionomía. El sueño REM (Rapid Eyes Movement), la etapa de todo el proceso del dormir en que ese estado es más profundo, se caracteriza por el aumento desmedido y repentino de la actividad cerebral. Esa compleja máquina que encierra nuestro cráneo, cuando nuestra abstracción es mayor, trabaja a mayor número de revoluciones que cuando estamos en total vigilia. A este absurdo se le ha dado el sobre nombre de “sueño paradójico”. Es también durante esta etapa en la que, al parecer, los sueños son más vívidos, más “reales”. Es aquí también donde se producen las pesadillas. Y si estas provocan el pánico en el soñante, este puede romper el lazo que le une con esa “otra realidad” y despertar. Pero el horror puede trasladarse a la vigilia por espacio de largos e interminables minutos, acompañado de otras reacciones físicas como el sudor corporal o incluso el llanto. Es el subconsciente en todo su potencial, que usa las emociones como combustible. “Subconsciente” no es otra cosa que un vocablo adaptado para tratar de definir la zona de nuestra psique más misteriosa. Aquello que integra, dicen los que saben, el 90% oculto del iceberg que representa nuestro Yo. 

En ocasiones, no despertamos del todo. Solo interrumpimos un sueño cuando este se encontraba en pleno apogeo. Y al tratar de refugiarnos en la vigilia con tal celeridad, olvidamos echarle el cerrojo a los rincones más profundos del subconsciente. Y a través de ese portal, se escapan las imágenes oníricas más allá del escenario del sueño. Se escapan a esta realidad. Y el soñante, que se debate en la fina frontera sueño-vigilia, “siente”, “ve” y “escucha” esa otra realidad, tan real entonces como esta. Esta es la teoría que la ciencia del sueño esboza para interpretar las llamadas alucinaciones hipnapómpicas. Y algo parecido puede ocurrir en el proceso de transición al sueño, en las primeras etapas de este, cuando estamos tratando de conciliarlo. Se producen entonces las llamadas alucinaciones hipnagógicas. 

No es esta la conclusión final de la presente investigación. Solo es aquello que expone una de nuestras principales fuentes, la ciencia. Por tanto es nuestro punto de partida. Es el dato de control que no descartaremos hasta el final de nuestras pesquisas, en esta ocasión.

¿Pero que ocurre si estos terrores afectan a más de uno en la familia, en sucesivas noches? ¿Puede trasladarse este temor incluso a la vigilia? ¿Estos fenómenos supuestamente oníricos pueden ocurrir a plena luz del día, sin periodos de sueño alguno en torno a ellos? ¿Puede implicar incluso a personas no dadas a interpretaciones extraordinarias? No resulta tan fácil de dilucidarlo cuando los antecedentes de nuestra testigo principal apunta hacia otro tipo de respuestas. No es tan sencillo cuando, la principal implicada en estos sucesos es una niña de 4 años, procedente de otra cultura y con otro idioma radicalmente distintos al nuestro.

Les contaremos la historia que vivió M.D. junto a su marido y su hija, recientemente adoptada. Les relataremos nuestras pesquisas en el lugar y nuestro intento de paliar su paulatino malestar.

Con fotos, vídeos y audios, parte del material obtenido en esta investigación. Todo esto, en el  número 13 de nuestra revista digital Clave7.

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